La metamorfosis de la UAS: de universidad a filial de partido político

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Por Alfredo Brambila

Nos quieren quietos y en silencio, pero de los silencios y de la quietud está hecho el amasijo de las injusticias.

Desde hace ya varios años he procurado que mis opiniones y juicios no estén basados en “esquemas generales”, como diría Savater, sino que emanen de mi experiencia con el tema en cuestión. Por lo tanto, lo que narraré a continuación no me lo contaron ni lo escuché por ahí, sino que lo viví y lo presencié.

El hecho de describir la realidad que vive la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) tendrá para mí implicaciones negativas, pero me incita a esta osadía el hecho de que han surgido aquí y allá dispersas -pero continuas- voces que también denuncian lo que ocurre. Además, tengo la firme convicción de que los jóvenes no debemos ser parte de las prácticas comunes y anquilosadas de la política, como lo es  guardar silencio para no perder privilegios o tratos preferenciales. Nuestro papel debe de ser el de mantener renovadamente viva la cultura en la que vivimos.

Corría el mes de septiembre del año 2013. Yo era alumno de la preparatoria Carlos Marx ubicada en la sindicatura de Costa Rica en el municipio de Culiacán. Cursaba el tercer año y había sido elegido como consejero universitario alumno por mis compañeros. Haber sido electo me daba una serie de atributos, uno de ellos era el derecho de votar por algunos de los candidatos a director de las preparatorias y facultades de mi universidad. El día de las elecciones yo tenía muchas dudas acerca del proceso de elección, pero sabía que iba a realizarse el cambio de dirección en 30 escuelas y que para algunas de ellas había incluso hasta tres candidatos. Es así que me preguntaba ¿cada uno de los candidatos hará uso de la voz, nos presentará su programa y entonces todos los que conformamos el consejo (éramos alrededor de 250: un alumno, un maestro y un director por escuela) vamos a votar? Y como uno a veces suele ser ingenuo me preguntaba también: ¿a qué hora iremos a salir de ahí?

El panorama empezó a escampar cuando en el trayecto a las instalaciones del consejo universitario mi director me dijo que le hiciera caso y siguiera sus indicaciones -yo he sido medio rejego a las órdenes infundadas- y me explicó la dinámica del proceso de elección. Su explicación no discrepó en nada de lo que sucedió después. El procedimiento consistía en que el secretario académico de mi universidad anunciaba a los miembros del consejo “ahora elegiremos al director de la preparatoria La Cruz” acto seguido leía el expediente de cada uno de los candidatos, expediente que no superaba los seis renglones y para antes de que estos se leyeran, mi director y todos los demás directores habían recibido ya un mensaje en su dispositivo móvil con la indicación de por quién debían de votar y ellos lo comunicaban al alumno y al maestro de su misma escuela. El resultado final de la elección era abrumador; el candidato triunfador lo hacía casi con la totalidad de los votos posibles.

Este proceso entró en vigencia durante el año 2006, después de que el entonces rector Héctor Melesio Cuén Ojeda presentara una iniciativa de ley para hacer modificaciones a la ley orgánica. Antes los directores eran elegidos por los alumnos y maestros de la unidad académica donde iba a renovarse dicho cargo. Esta nueva medida se sustentaba en el despilfarro que los candidatos hacían (carnes asadas, viajes para sus alumnos y regalo de calificaciones) para obtener el voto de los alumnos. Pero eso es un artificio ¿qué garantizaba que esas mismas prácticas de corrupción no iban a hacerse extensivas hacía quienes ahora tienen la facultad y el poder de decidir ya sea de jure o de facto -como hoy se ha hecho quién será el nuevo director? ¿por qué la elección de consejeros alumnos -que siguen siendo los alumnos de cada escuela los que lo eligen- se han desarrollado con total civilidad y respeto a las reglas?

Más allá de lo plagado de corrupción que está el proceso que describo, lo que hoy me preocupa, indigna y desconsuela es el mecanismo que se ha instaurado en mi universidad para ser aceptado como alumno a las carreras más demandadas (medicina, enfermería), para poder aspirar a ser docente, ser beneficiario de los principales programas de mi universidad (doctor joven) y por supuesto ser director de alguna de las unidades académicas. Ese proceso es simple: entre más trabajas, más afiliados consigas y más contenido compartas -hasta eso te revisan- del Partido Acción Sinaloense (PAS) son más altas las probabilidades de entrar.

El Partido Sinaloense está compuesto en su mayoría por los trabajadores de la Universidad Autónoma de Sinaloa y en el que las dos presidencias que ha habido han sido ocupadas por los dos últimos rectores de mi universidad. Presidentes que a través de su séquito de colaboradores coaccionan a maestros y alumnos para que asistan a eventos y le hagan promoción al partido.

El Partido Sinaloense ha adquirido una fuerza considerable, pues a pesar de su reciente creación se ubica como la segunda fuerza en este estado. Fuerza que está construida sobre la base de la ilegalidad y la represión. Partido que protagonizó la mayor alegría que me despertaron estas elecciones: su candidato Héctor Melesio Cuén Ojeda fracasó en su ambición de convertirse en gobernador. Hombre por el que muchos jóvenes hemos descartado rotundamente la posibilidad de continuar nuestra formación en la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) o iniciar en ella una carrera laboral, pues no estamos dispuestos a trabajar para su partido, tal como lo hacen los SNI I, II y III de mi universidad o el consejo de mi ex preparatoria que por irse a volantear no pudo abrir el salón donde yo iba a impartir un taller de creación literaria.

 

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